27 de mayo de 2011

Imperecedero señor de la radio

Es mayo, mes de la radio. Decir que la radio fue mi primer amor es cursi, además, es mentira, porque no fue así, pero sí fue mi primera “escuela laboral”, si vale el término. Hice mis estudios en comunicación pública con dos concentraciones; periodismo y relaciones públicas. Parecen una combinación extraña, pero debo señalar que conocer a fondo ambos campos me ha permitido lidiar exitosamente con muchas circunstancias laborales en la actualidad que de otro modo tal vez no hubieran funcionado, quién sabe.

El caso es que por asuntos del destino (¿destino?, ya me tocará hablar del destino en otra entrada), llegué a la radio. Allí tuve el privilegio de conocer de cerca los aspectos sublimes del medio, pero también descubrí horrores que pusieron en perspectiva la vida adulta a la que me enfrentaría de ahí en adelante.

Una de las mejores experiencias que tuve fue la de conocer a quien hoy tanto extraño; mi querido Jesús Vera. Jesús murió en diciembre del 2004, víctima de la maldad de un cáncer, en conjunto con la mediocridad de un médico que durante una emergencia tuvo la oportunidad de salvarlo, pero su propio hastío lo privó de hacerlo. http://elismaelillo.blogspot.com/2007/07/extrao-al-vera.html

En mayo del 2005 escribí una reflexión en torno a él, a propósito del mes de la radio. Le sigo llevando luto a mi amigo; procuro que mi proceder sea regido por la ética, es el mejor homenaje que puedo hacerle.

Hace algún tiempo que no veo a Hidelisa, su viuda, pero la semana pasada, mirando uno de los periódicos del país, me detuve a leer una noticia sobre la batalla que llevan ante el gobierno los familiares de las víctimas de impericia médica. Allí me topé con su rostro aguerrido que me conmovió profundamente. Su expresión de dolor ha seguido intacta por siete años, el sufrimiento sigue instalado en ella desde aquel fatal 3 de diciembre.

Pensé llamarla en ese instante, pero varios días después todavía no logro hacerlo; me falta el valor, me faltan las fuerzas, me faltan las palabras de consuelo y, peor aún, me falta la convicción de que algún día se le hará justicia. En la foto, prominente en tamaño y color, ella muestra una página de prensa que reconozco… es la columna que me publicaron aquel mayo del 2005, con una foto mayúscula de su esposo y que en titulares dice: Imperecedero señor de la radio. 

Aquí la reproduzco:

Jesús Vera Irizarry fue un extraordinario periodista, un gran ser humano y un amigo incondicional. Conocí a Jesús en el 1992, cuando trabajé en Radio 940 am, una de las emisoras de la Corporación de Puerto Rico para la Difusión Pública. La teoría de la que nos inundaba la academia todavía afloraba y la ingenuidad de la juventud me golpeaba con insistencia. Mi encuentro con Jesús Vera fue un choque con la realidad. La realidad de la vida, del sistema, de la profesión y del ser humano.

Mi primera reacción a ese encuentro, en el que me interrogó con la severidad que él solía interrogar, fue adversa. Y cito, admito que con vergüenza, mis palabras de entonces: “¡Qué mal me cae ese señor!

¡Claro! Si “el Vera” era capaz de decir las verdades que otros callaban o, adrede, ignoraban. Supo instar, protestar y exigir a tiempo y fuera de tiempo. Nunca tuvo reparos en hablar a conciencia. Y como dijo en una ocasión uno de sus colegas; nunca le tuvo miedo a la pobreza. Nunca le tuvo miedo a la amenaza, al vaivén laboral, a los nombramientos de sutano o mengano… de hecho, el no aceptaba posiciones, que me consta, le fueron ofrecidas en varias ocasiones. El luchaba desde su trinchera, desde su minúscula oficina-estudio bautizada para la eternidad como el ascensor detenido.

Por ese espacio, por ese cubículo en el que apenas cabían dos personas, porque además de pequeño él lo inundaba de grabaciones y pilas de recortes de revistas y periódicos, que no fotocopiaba, sino que los conservaba originales hasta que alcanzaran una exquisita palidez amarilla, por ese lugar en el que había que contorsionarse para entrar, desfilaron las figuras más importantes de la cultura de nuestra Isla y del exterior.

Desde el intelectual más distinguido, hasta el principiante de la flauta o del teatro, estudiantes ávidos de consejos y de presencia, que son al fin y al cabo la continuidad de nuestro desarrollo cultural. Aunque Jesús Vera Irizarry no limitó su actividad periodística a eso, fue el periodista radial cultural más importante de nuestro país. Además, conocía cabalmente la radio y la televisión pública, pero más aún, las respetaba.

Pero mi mejor experiencia con “el Vera”, como cariñosamente lo llamábamos, fue en su dimensión humana. Eso sí, Jesús era incisivo hasta con sus amigos, nos azotaba sin misericordia cuando veía que perdíamos el camino, el norte de un trabajo digno y responsable, que a la postre es el que habla por nosotros. Jesús sabía valorar a las personas por su calidad humana, de hecho, su agudo instinto le revelaba inmediatamente cuando alguien era sincero, o simplemente un adulador. Su sentido ético era admirable, constantemente nos recordaba que a veces hay que decirle que no a las oportunidades que parecen maravillosas, a puestos o a salarios tentadores, porque la integridad y la calidad se anteponen.

El “ogro” que conocí en la redacción de radio en 1992 se convirtió en muy poco tiempo en mi mentor y más, en mi mejor amigo. Su familia; su esposa Hidelisa y su hijo Enrique, que fueron sus inseparables aliados, pasaron también a ser parte de mi núcleo de seres queridos.

Jesús era cómplice de la justicia y conspiraba siempre a favor de la calidad. En el año 1998 hicimos juntos un programa cultural en el canal 13. Semanalmente compartimos con forjadores de nuestro acervo de manera coloquial. Buscando siempre el lado humano, incluso del más frío y distante intelectual… siempre lo encontramos. Nunca tuvimos desacuerdos sobre cosas fundamentales; lo mediocre era mediocre, punto, eso siempre estuvo claro. Aunque no lo dijéramos en voz alta, la complicidad de las miradas delataba cuando alguien no destilaba honestidad.

Admito que discutíamos, a veces severamente, sobre nuestros estilos. Yo tenía mil revoluciones y él solo tres. “Es que estás muy lento Jesús”, solía reclamarle temerariamente. Y él, con su profunda sabiduría me neutralizaba… “es que llevas la prisa de la juventud…”

Cuando Jesús enfermó se nos cayó el mundo. Su voz, su instrumento de trabajo, fue menguando, pero no su ímpetu, que se mantuvo incólume. Sí hubo una transición paulatina que percibí conforme avanzaba su enfermedad: su tolerancia había aumentado sus niveles. Juzgaba a las personas por su circunstancia, e incluso aprendió a justificar actitudes mezquinas de segundos y terceros, aduciendo ignorancia en lugar de maldad.

De él obtuve grandes lecciones de humildad y de sacrificio. También heredé su humor mordaz, que no todos entienden, pero que internamente nos hace reírnos a carcajadas. Tal como la risa sonora de Jesús, que me parece estar escuchando en este momento.

Solo me resta deshacerme de otra manía heredada; acumular pilas de recortes de periódicos… La realidad es que ya necesito espacio para caminar. Además, no acabo de acostumbrarme a entrar por la puerta de la estación, sin desear encontrarme con Jesús para invitarlo a un café y reírnos de la vida. ¡Cuánta falta nos hace tu presencia!

Yo quisiera ser como “el Vera” cuando sea grande. A veces mi hijo alcanza una foto de Jesús y me recuerda, llevándose su dedito índice a la boca, como un ademán de silencio, que Jesús está dormido. Jesús ahora descansa en paz, pero ojalá su ejemplo, su conciencia, y su profundo respeto y responsabilidad hacia su trabajo logre despertar a muchos.

5 comentarios:

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Querida Isa:
Desde que lo he leído a mediodía, llevo varía horas meditando qué decirte. Adentrándome en tu soberbio escrito he tenido la sensación de ir pisando tierra sagrada, la tierra sagrada del dolor. La que en sus huellas se puede observar la sangre derramada en el camino para conseguir las cosas importantes que has logrado a lo largo de tu carrera. La vida es hermosa, desde luego, pero no porque sea fácil. Te honra decir a quienes te leemos que la alegría de la que hablas, que el amor que tú pregonas y la esperanza con la que hablas del Ismaelillo y de tu trabajo, no son forzasamente producto de la pastelería, sino que siguen existiendo gracias a esa extraordinaria persona que se cruzó en tu camino y que marcó a fuego tu vida, en todos los sentidos. Impresiona, Isa, tu homenaje, tu eterno agradecimiento. Estoy ante una mujer que toma cociencia de la realidad de su vida. Si toda la pena que sientes ante la ausencia de tu compañero y maestro se mezclase con la alegría que te proporcionó a lo largo de tu vida, ¿ quién puede decir de qué lado de los dos se rompería el equilibrio ?
Es amargo pasar este trago. Hoy el gran tabú es el tema del dolor y de la muerte. La gente no quiere verlos. Es impúdico hablar de ellos...
Complicadísimo asunto del que hablas sobre los errores médicos, en los que el dolor lo sea, incluso, doblemente, si ya es duro perder a un ser querido en la cama de un hospital, a ello le sumas la impotencia surgida como cosecuencia de la negligencia médica. Pocos son las personas que se atreven a enfrentarse a ellos, sabiendo que casi siempre la administración médica mira para otro lado o es un mundo de sordos voluntarios ante ese doble sufimiento humano. Es digna de admiración la lucha de su viuda. Su lucha llena de luz a muchas personas...

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

...Pero lo verdaderamente dramático llega cuando son los médicos los que se inscriben en las filas de los desconfiados y se protegen unos a otros en una cínica y egoista defensa corporativista, apostando por la fría eficacia de su trabajo, - la rutina, el amodorramiento, la morfina es un modo de deshumanizarse -, en lugar de otros valores que deben esperarse de ellos. La lucha de esa mujer, para descorrer esa cortina, debería ensanchar el alma de esa gente, pero no: La frialdad, el anonimato y la brutal indiferencia, cuando no la mala educación de ese aparato monstruoso de la burocracia médica debe hacernos comprender varías cosas sobre ese dolor maltratado.
Como a todo verdadero ser humano esa situación me preocupa. Aplaudo que hayas hecho la causa como propia y lo denuncies en este espacio en el que siempre tienes mucho que decirnos y algo que decirte a ti misma - y hasta que no sea dicho no cesarás en el intento -. Tu conciencia de la realidad que te rodea es muy aguda porque es muy honda la conciencia de ti misma...

Un fuerte abrazo, Isa. Gracias por compartir esta maravillosa historia de la radio y de tu vida.

Isa dijo...

Querido amigo, enfrentarse al dolor es una tarea difícil. Es más sencilla la negación, pero mirar las cosas como son, en su justa perspectiva y tomar acción, ya sea de denuncia o de cambio, cuesta mucho más. Es mucho el mérito de quienes no bajan la guardia y, tristemente, en eso también se les va la vida.

En este caso, la impotencia de una mujer viendo a su compañero de vida desesperado por respirar mientras le explican en términos burocráticos procesos para disponer del tanque de oxigeno o sobre tal instrumento que falta para una traqueotomía. Ofende sobre todo la dejadez; si se ha hecho lo suficiente, pero al final se pierde la batalla, sigue quedando el dolor, pero no el agravio.

Hay otros casos en que la víctima no muere, pero las condiciones en las que queda no son dignas. Ese dolor tampoco encuentra consuelo.

He meditado mucho sobre este particular y reconozco que, como en tantas otras circunstancias, hay diversidad de casos, perspectivas y contextos. Por eso hay que mirar cada situación desde su realidad particular y si efectivamente se comprueba la negligencia, el deber impone que se haga justicia.
Sería mezquino no reconocer la valía de los miles de médicos responsables y sensibles que dignifican su profesión, pero el problema es con el puñado que desprestigia el gremio. Esos son los que no nos permiten bajar la guardia.

Lo que más atesoro de mi amistad con Jesús es que (casi como en términos bíblicos), no tuvo en poco mi juventud. Eso me permitió respetarlo más y exigirme más yo misma, especialmente en esos primeros años en que hubiera sido más fácil cometer errores y justificarlos como “novatadas”…

disancor dijo...

Entrañable recuerdo a un amigo.
Un beso.

Isa dijo...

Así es, Disancor. Un gusto saludarte.