17 de mayo de 2011

Dignidad

Reintegré la aplicación del nivel a mi teléfono celular. Lo retomé comprendiendo lo útil que resulta para determinar la horizontalidad y, sobre todo, la verticalidad de un elemento. Decidí usarlo para no depender de impresiones ya que la perspectiva puede generar errores.

En efecto, el nivel me ha permitido descubrir las equivocaciones que se cometen cuando se juzga a la ligera o cuando nos guiamos solo por las apariencias. Lo uso en diferentes instancias; en la carretera, en la oficina o en los centros comerciales. Lo ubico con frecuencia sobre carteras y maletines de extraños o conocidos, sobre discursos y rostros que al final resultan no ser lo que parecían.

Esto no es una pipa”, sentenció con letras en el cuadro en el que representó una pipa el pintor belga René Magritte. Sí es una pipa, nos planteamos como espectadores. Pero efectivamente no lo es. La advertencia del artista nos previene para que no cometamos el error de tomar la representación por la cosa representada. La pipa de Magritte representa y deconstruye la relación de imagen y lenguaje.

Esto no es lo que parece”, decía el mensaje en la pantalla de mi teléfono cuando acerqué el nivel a la noticia en la que se denunciaba un acto de humillación a un menor en Filipinas. Pensé que sí, que era una denuncia hecha a través de la reseña noticiosa de una red multimedia. “Esto no es lo que parece”, reiteraba el mensaje de mi nivel que ahora cambiaba de color.

Entonces, amparada en la desconstrucción del caligrama de Magritte, pude entenderlo. A la noticia estaba “adherido” el video (que ni siquiera intenté mirar), que le repetía a los espectadores cibernéticos el acto de humillación denunciado.

No bastaba con leer la crónica de que un programa de televisión atentó contra la dignidad de un niño exponiéndolo a un acto indigno. No, el editor consideró que no era suficiente el lenguaje o su representación. Para que tuviera credibilidad debía reproducir el video y colgarlo al alcance de unos espectadores morbosos que constataban de primera mano que sí, que era cierto, que habían humillado al chico. En mi cándido entendimiento eso solo multiplica la falta y hace al medio cómplice.

El filósofo alemán Immanuel Kant, en Fundamentación de la metafísica de las costumbres, planteó que todo hombre tiene un legítimo derecho al respeto de sus semejantes y también él está obligado a lo mismo de manera recíproca.

El manejo sensacionalista de la noticia del menor filipino nos compete porque pone de manifiesto nuestras propias faltas. Nos enfrenta a la continua violación de los más básicos cánones del respeto a la dignidad humana bajo el amparo de una consigna informática. Nos enfrenta al acoso de una oferta televisiva inundada de programas altamente ofensivos, y no lo digo en ánimo moralista, ofenden por lo mediocres, por lo burdos, porque carecen de respeto a la inteligencia. Se recurre a la risa fácil y mezquina, a costa de la burla, del chisme y de la ofensa descarada. Para colmo se le entrega como dádiva al espectador, para que no piense, para que imite, para que contribuya en el ejercicio de arrimar al país hasta la orilla, si al cabo la consigna desgastada reza que “eso es lo que le gusta a la gente”. Tanta generosidad nos enfrenta ahora a los resultados.

La dignidad del ser humano es inviolable”, establece la Carta de Derechos de nuestra Constitución. ¿Hasta dónde entonces nos está llevando la tiranía del progreso? ¿A qué pantano nos está arrimando? ¿A qué derechos renuncio y a qué precio? ¿Cuándo decimos BASTA?

Decidí contrastar con el nivel mis interrogantes, pero al igual que la primera vez que lo adquirí, se deslizó de nuevo de mis manos. Esta vez no se rompió, pero hubiera sido mejor perderlo a leer el mensaje que salió en pantalla: ¿De verdad piensas que las cosas van a mejorar?

Agobiada por el desconcierto me convenzo entonces de que si ese es el progreso, entonces no lo quiero, no me interesa ser así de civilizada.

4 comentarios:

Paco Bernal dijo...

Hola:

Nunca te dejo comentarios en el blog, pero hoy lo voy a hacer.

Qué texto tan estupendo y qué razón tienes en todo lo que has dicho. Lo voy a compartir con mis amigos, pero ya.

Saludos y todo el respeto (me descubro ante usted :-)

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Las decisiones de algunos periodistas o presentadores de ciertos programas de televisión no tienen privilegio alguno - por mucha audiencia de que dispongan -para que forzosamente se las respete: nunca pasan de ser la opinión de un hombre y nunca todo debe valer. El verdadero obstáculo es siempre la educación de uno mismo y la ética profesional, pero cuando estas dos virtudes periodísticas se traspasan por vanidad, indolencia y un exceso de autoestima que está por encima del bien y del mal, uno debería reflexionar sobre la importancia imaginaria de lo que hace y del daño moral que supone a la larga para una sociedad ese " todo vale ". Algunos periodistas deberían mandar su ego al demonio para que no terminen por convertir, aquello que en esencia debería ser pura información, en miseria, en basura, en algo tan poco consistente y deleznable como el fango de una cloaca...

Estupendo artículo, Isa. Un fuerte abrazo desde España.

Isa dijo...

Paco, un gusto verte por acá y un honor tu comentario, gracias!
Ya me mudé a tu nueva plataforma, ahora ando pensando si también debo hacer lo mismo con mi Ismaelillo.... Ya veré, es que las mudanzas no se me dan muy bien que digamos.
Un abrazo!

Isa dijo...

Amigo mortal:
La ética anda muy frágil de un tiempo a esta parte. Lamentablemente el sensacionalismo se apodera del terreno de manera acelerada y muy pocos están dispuestos a hacerle frente. Como le haría Pirandello decir al padre de los personajes huérfanos de autor: “Pero señor, usted sabe muy bien que la vida está llena de infinitos absurdos, que, descaradamente, ni siquiera tienen necesidad de parecer verosímiles, porque son verdaderos”.
Gracias por tu visita, por la solidaridad y por la empatía con el “Boomerang” y el “Compactador mágico”. Te he escrito varios comentarios en tu página, pero no logro que suban, algo debo estar haciendo mal...
Un abrazo boricua!