19 de septiembre de 2010

Trabajando no, descansando

Hace mucho me contaron una anécdota de Don Jacinto Benavente. Escribiendo en su escritorio, por la ventana abierta lo alcanza a ver un vecino: ¿descansando, Don Jacinto? –le preguntó resuelto. – Descansando no; trabajando.


Otro día lo ve afanoso en el jardín y le lanza: ¿trabajando, Don Jacinto? A lo que Benavente le contesta: –trabajando no; descansando.


Luego de dos días y medio con una gripe perversa, con una caja de Kleenex a un lado y un pote de Vicks al otro, decidí rebelarme y me levanté de la cama. ¿Y ahora qué? No podía ni leer porque las letras se me fugaban de la página, todo lo que se me ocurría requería esfuerzo creativo y mi cabeza no estaba en las de cooperar. Entonces, como una revelación, tomé la decisión de descansar; hice un gran resaque de juguetes del Ismaelillo, organicé las películas, pareé en sus respectivos álbumes las cientos de fotos sueltas que tenía en varias cajas y gavetas, moví el escritorio a un mejor espacio, reorganicé los muebles del cuarto del chico, archivé recortes de revistas de decoración, cambié la alfombra de sitio y adorné con cojines el futón del family.

Mi hijo llegó con los abuelos y me elogió lo mucho que había trabajado. Me acordé de Don Jacinto, pues yo solo estaba descansando. De hecho, creo que hasta se me alivió la tos…

Formas

Uno de los deleites que más añoro de mi infancia es el de tirarme de espaldas en la grama y con la cara al cielo descifrar las formas de las nubes.
Siempre me las ingeniaba para ver dragones. Invariablemente de algún pedacito lejano de cielo se asomaba con sigilo una cola inquieta y un cuerpo de dimensiones enormes y una cabeza amorfa (a veces eran dos) y unos picos feos y unos dientes puntiagudos como triángulos invertidos y lo mejor de todo; una llama larga de fuego cegador que devoraba sin contemplación al resto de las figuras imaginarias. Luego se relamía con gusto y se iba, no sin antes guiñarme un ojo.

Ya soy grande, me cuesta decir “adulta”. Pero en estos días de reclusión obligada he vuelto a mirar las nubes. Me faltó la grama, pero sentarme en la butaca de la sala y mirar por la ventana puede considerarse un buen ejercicio urbano. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando al poco tiempo descubrí que mi dragón seguía vivo! Ahí está, ¿pueden verlo? Viene por el centro y ya pronto abre sus fauces para arrojar fuego sobre el barco pirata que va a la derecha. Y sobre el ogro que viene de arriba. Y hasta sobre el pobre unicornio que no tiene la culpa de estar cerca de un dragón que solo quiere defenderme.




7 de septiembre de 2010

NAVEGAR

En Chile, en Isla Negra específicamente, me compré este mascarón de proa que me recibe cada noche cuando llego a mi hogar agotada o frágil (que es casi lo mismo) y me recuerda que en la vida todo es ir, que no hay que dejar de navegar.


También me acuerda a Serrat cantándole a un barquito de papel que navegaba sin timón por un canal y ese canal era un río y el estanque era el mar y navegar era jugar con el viento, era una sonrisa a tiempo.

Me gusta llegar a casa y abrir la puerta y encontrarme de frente a esa ninfa perpetuada en mascarón de proa que me invita a navegar.