7 de octubre de 2010

Vargas Llosa gana el nobel de literatura 2010

“¿Por fin?", fue la primera expresión de mi padre cuando se lo comuniqué por teléfono. Por fin, le contesté emocionada.

Leí la nota en El País digital, que reproducía las declaraciones de la Academia sueca: "Por su cartografía de las estructuras del poder y sus incisivas imágenes de la resistencia individual, la revuelta y la derrota".

Conocí a Mario Vargas Llosa el 18 de septiembre del 2000, cuando vino a PR a presentar La Fiesta del Chivo. Al margen de su genial pluma, el escritor fue gentil como persona y muy distante de la figura arrogante que yo suponía que era. De hecho, lo entrevisté luego de una comedia de errores que se suscitó en el hotel en que se hospedaba. Luego de coordinar con el personal a cargo, habilitamos un discreto salón con luces y cámaras para llevar a cabo una entrevista de “15 minutos”, recién comenzando a dialogar, nos interrumpió un empleado de la hospedería para decirnos que teníamos que suspender la grabación porque otros huéspedes estaban “incómodos”. Debo aclarar que en ese momento los medios internacionales llamaban con insistencia al ex candidato presidencial de Perú, porque se acababa de informar que el día antes, el entonces presidente de Perú y pasado contendiente de Vargas Llosa, Alberto Fujimori, había anunciado su intención de convocar nuevas elecciones generales, en las que él no participaría, y desmantelaría el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN). Esta declaración se produjo luego de que se difundiera a través de los medios de comunicación un vídeo que mostraba a Vladimiro Montesinos, el controvertido colaborador personal del presidente y responsable del SIN, en el momento en que sobornaba mediante el pago de 15.000 dólares estadounidenses a un diputado opositor.

Yo lo tenía frente a mí, amable, paciente, en exclusiva mientras otros esperaban en línea telefónica desde otros destinos distantes y un empleado totalmente enajenado de las letras me dice que no puedo estar allí con él (¡que para colmo era su huésped!). Lo primero que le pregunté al empleado era que si él sabía quién era Vargas Llosa y muy amablemente me dijo que no, pero que ese no era el problema. Yo sabía que me quedaban segundos para una de dos; perpetuar el momento o echar todo por la borda.

Llamamos al supervisor, con la colaboración de la editorial que lo trajo a PR, le explicamos la situación y en mi ansiedad le resumí (al oído), que pronto esa persona se ganaría el Premio Nobel de Literatura y él lo había “echado” de un salón en medio de una entrevista. Lo miré a los ojos y le dije con la poca cortesía que ya me quedaba, que sería un recuerdo muy bochornoso. Me pidió 5 minutos, yo le pedí al escritor 3 minutos y en 2 minutos teníamos la Suite Presidencial a nuestra disposición. Vargas Llosa se sorprendió, me miró incrédulo (reacción que ni remotamente me sospeché, ya que presumí que se lo tomaría de otro modo) y me preguntó: ¿Cómo lo lograste? Yo, sorprendida, por su pregunta tan cándida, le contesté: fácil, solo le dije quien era usted.

Mario Vargas Llosa soltó una carcajada y se sentó relajado a contestar las preguntas de una periodista que sabía que tenía de frente a un premio nobel todavía no anunciado.

Esa noche fue la presentación de La Fiesta del Chivo en la que participé como moderadora de un foro con matices surrealistas, gracias a las divagaciones de uno de los participantes del foro cuyo nombre no menciono porque todavía, 10 años después, sigue dando de qué hablar en PR. Cuando finalizó la noche el escritor estampó su firma en cientos de ejemplares de su novela y al final le pedí tímidamente que firmara el mío. Con una gentileza que no dejo de agradecer, me dedicó el libro y se retrató conmigo. Me dio un abrazo, bromeó sobre el incidente del hotel y se despidió como si fuera un nuevo amigo. Yo, enamorada antes de sus libros, también me enamoré de él (figurativamente, claro).

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