19 de septiembre de 2010

Trabajando no, descansando

Hace mucho me contaron una anécdota de Don Jacinto Benavente. Escribiendo en su escritorio, por la ventana abierta lo alcanza a ver un vecino: ¿descansando, Don Jacinto? –le preguntó resuelto. – Descansando no; trabajando.


Otro día lo ve afanoso en el jardín y le lanza: ¿trabajando, Don Jacinto? A lo que Benavente le contesta: –trabajando no; descansando.


Luego de dos días y medio con una gripe perversa, con una caja de Kleenex a un lado y un pote de Vicks al otro, decidí rebelarme y me levanté de la cama. ¿Y ahora qué? No podía ni leer porque las letras se me fugaban de la página, todo lo que se me ocurría requería esfuerzo creativo y mi cabeza no estaba en las de cooperar. Entonces, como una revelación, tomé la decisión de descansar; hice un gran resaque de juguetes del Ismaelillo, organicé las películas, pareé en sus respectivos álbumes las cientos de fotos sueltas que tenía en varias cajas y gavetas, moví el escritorio a un mejor espacio, reorganicé los muebles del cuarto del chico, archivé recortes de revistas de decoración, cambié la alfombra de sitio y adorné con cojines el futón del family.

Mi hijo llegó con los abuelos y me elogió lo mucho que había trabajado. Me acordé de Don Jacinto, pues yo solo estaba descansando. De hecho, creo que hasta se me alivió la tos…

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