19 de septiembre de 2010

Formas

Uno de los deleites que más añoro de mi infancia es el de tirarme de espaldas en la grama y con la cara al cielo descifrar las formas de las nubes.
Siempre me las ingeniaba para ver dragones. Invariablemente de algún pedacito lejano de cielo se asomaba con sigilo una cola inquieta y un cuerpo de dimensiones enormes y una cabeza amorfa (a veces eran dos) y unos picos feos y unos dientes puntiagudos como triángulos invertidos y lo mejor de todo; una llama larga de fuego cegador que devoraba sin contemplación al resto de las figuras imaginarias. Luego se relamía con gusto y se iba, no sin antes guiñarme un ojo.

Ya soy grande, me cuesta decir “adulta”. Pero en estos días de reclusión obligada he vuelto a mirar las nubes. Me faltó la grama, pero sentarme en la butaca de la sala y mirar por la ventana puede considerarse un buen ejercicio urbano. ¡Cuál fue mi sorpresa cuando al poco tiempo descubrí que mi dragón seguía vivo! Ahí está, ¿pueden verlo? Viene por el centro y ya pronto abre sus fauces para arrojar fuego sobre el barco pirata que va a la derecha. Y sobre el ogro que viene de arriba. Y hasta sobre el pobre unicornio que no tiene la culpa de estar cerca de un dragón que solo quiere defenderme.




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