8 de julio de 2010

Reencuentros y esas cosas

¿Fue siempre mejor el tiempo pasado?  No necesariamente, pero nos gusta la ilusión, el placer de regodearnos en esa idea, en esa concepción idílica del pasado que ocasiones es mera nostalgia.

En mi caso en particular el pasado ha dejado sus marcas; algunas que aún duelen y otras que de tan solo recordarlas me dibujan una sonrisa y hasta me traen de vuelta esa sensación de mariposas revoloteándome por el cuerpo.

Esta semana se me han dado los reencuentros, así en plural. Estas cosas por lo general no se planifican, en mi caso simplemente han surgido con tanta espontaneidad que no puedo dejar de sorprenderme.


Dicen que las tragedias llegan juntas y pienso que las alegrías también. Esta semana se me juntaron todas; las tragedias y las alegrías. De hecho, las primeras propiciaron las segundas, de ahí que todo fuera tan inesperado.  Hay cosas que se guardan para el disfrute en solitario, pero hay una en particular que comparto porque seguro alguien que quiero mucho la va a apreciar.

Ayer visité en el hospital a la abuela de mi hijo, que tiene el estoicismo de mi propia abuela. Su espíritu inquebrantable y su fortaleza frente a la adversidad me hacen pensar que es un roble robusto disfrazado para despistar.


Salí directo para la urbanización vecina al hospital que fue el lugar en que por años vivió mi abuela. Después de una década sin visitar el lugar (y con mi habitual sentido de desorientación), era natural que me perdiera y así fue. Pero en el proceso de salida me detuve a atender una llamada que hace tiempo esperaba y resulta que me detuve justo al frente de la casa que buscaba (el universo conspiró a favor mío).

Estaba linda, simple y discreta, como mismo la recordaba. Me aventuré a conversar con sus nuevos dueños, quienes con gentileza me permitieron fotografiar la casa. Tuve, además, la alegría de saludar a los vecinos que llevan allí la vida entera, literalmente.

¿Fue siempre mejor el tiempo pasado? No necesariamente, pero nos gusta la ilusión, el placer de regodearnos en esa idea, en esa concepción idílica del pasado que ocasiones es más que nostalgia que no resistimos a abandonar.

Fragmento de Coplas, de Jorge Manrique a la muerte de su padre:
                  I
Recuerde el alma dormida

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,
da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

2 comentarios:

Félix & Marissa dijo...

Wow!!! Sabras que de lo unico que me acuerdo es de la entrada. Debe ser que siempre me la pasaba alli corriendo. Que recuerdos, gracias.

Isa dijo...

Yo me acuerdo de todos los rincones, contrario a ti, yo me pasaba husmeando, ja,ja. Un besote.