18 de julio de 2010

RECUERDOS

Tenemos la prerrogativa de recordar lo que se nos antoje, para esto la memoria selectiva es una opción válida y de fácil implementación. Escojo utilizarla; me decido por los recuerdos bonitos, los que, según me explicaron, se deben guardar en un archivo especial que está ubicado en el hemisferio derecho del cerebro.

(Foto: www.blogcurioso.com/a-donde-van-los-recuerdos/)

Hay que pasar primero por un proceso riguroso para dividir nuestro universo personal de recuerdos en tres grandes grupos: los buenos, los malos y los que nos cuesta clasificar porque nos permitieron aprender lecciones, pero nos dejaron un sabor amargo en los labios.

Los malos se eliminan, se trituran, se descartan sin dejar residuos para que no contaminen el registro de los buenos, de los que sí se quedan. Estos últimos se duplican en una carpeta como medida de seguridad para prevenir que se corrompan o para sustituirlos en caso de que el repaso continuo los desgaste.

El archivo de reserva debe protegerse con cuidado, recomiendo que se envuelva con sutileza en un aroma de esos que podemos identificar con facilidad, uno agradable al olfato y que relacionemos con algún momento glorioso, como un baile bajo la lluvia, un sushi irrepetible, una foto en blanco y negro o un sueño que solo es sueño si se cuenta en plural.

Al recuerdo original puede accederse cuantas veces sea necesario, siempre y cuando la nostalgia no traicione porque entonces la carpeta podría vulnerarse y a uno se le notará en los ojos que el archivo está abierto y necesitará algunos días para reponerse antes de abrirlo de nuevo.

El tercer grupo, el que reúne los de difícil clasificación, debe evaluarse en un momento de paz, de plenitud espiritual que propicie decisiones maduras. Cada recuerdo de esta categoría debe considerarse tomando en cuenta dos aspectos fundamentales: cuán doloroso fue y cuál fue el saldo de ese sufrimiento. Si la angustia fue aguda, pero luego dio margen a una recuperación fragmentada, la razón dicta que se suprima; nada fragmentado debe perpetuarse.

Ahora, si el sufrimiento fue terriblemente intenso, como solo puede herirnos alguien que nos importa (que quien no nos importa no nos hiere aunque lo intente), pero de ese dolor salimos milagrosamente renovados, si logramos que la experiencia nos transforme al punto de abrir los ojos y decir “hoy soy otra persona”, entonces, solo entonces, podemos decidir guardar ese recuerdo. Sin embargo, no debe, bajo ninguna circunstancia, utilizarse ese recuerdo para reclamaciones inoportunas. Los reproches ya no proceden, pueden, si acaso, sustituirse por un agradecimiento, sobre todo si recordamos que un tiempo antes habíamos repetido a la saciedad las palabras de Ruby Dee: “Señor, hazme sentir tan incómoda para que haga lo que más temo”. La pérdida de los temores bien vale un espacio privilegiado en el archivo principal de recuerdos.
Lo tengo claro, me apego a la memoria selectiva; ya olvidé lo malo y en mi lado derecho del cerebro solo queda espacio para lo que me hace mejor persona. Al fin y al cabo, espero que suceda igual con los recuerdos que de mí se guarden.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Llegué a tu blog por la entrada del Clon y después me encontré estas instrucciones que compartes sobre cómo se deben preservar los recuerdos. Lo planteas muy fácil y no creo que lo sea. Los sentimientos no se suprimen lo he tratado de hacer por años, pero me siento atrapada en un solo recuerdo que no me deja despegarme a mi ex de la cabeza. ¿eso como se hace?
Luz A.

Isa dijo...

Luz, no hay una fórmula mágica.

No soy experta en el tema, pero la experiencia me ha enseñado que hace falta voluntad para lograrlo. Si decidimos estancarnos en la angustia nadie nos podrá sacar de ella. Sin embargo, un día podrías despertarte y decidir que ya no vas a seguir sufriendo y desde ese día verás que todo será diferente.

Espero que puedas lograrlo.