18 de noviembre de 2009

La culpa no es de Cotto

La culpa no es de Cotto. Él fue el protagonista de un drama predecible que contó con un hábil productor (que cobra sin recibir golpes) y con un libreto engorroso, demasiado extenso, escrito por múltiples cronistas que elevaron la expectativa a niveles ridículos. Nos enteramos de lo que Cotto hacía en el ring y además de lo que hacía en la cocina, en la sala, en la cama y alguno incluso se asomó a su baño (para ver si usaba jacuzzi o ducha). Muchos ya lo habían declarado, previo al combate, héroe nacional. Nunca comprendí el mérito. ¿De quién nos estaba salvando?

El país está derrotado. Cotto perdió (aunque su bolsillo sigue ganando) y el pueblo siente el nocaut como propio. El plan maestro falló. Se supone que "el gallo" ganara y que esa victoria reivindicaría nuestra miseria. Porque un triunfo, contra quien fuera, abría la puerta a vengar la desgracia que nos arropa. Muchos daban por hecho que esa épica aliviaría el desempleo, las quiebras, la delincuencia y hasta el espíritu acongojado.

Si hubiera ganado, Puerto Rico hubiera sumado otro día festivo a los muchos que ya tenemos. Una multitud se congregaría en el aeropuerto para cargarlo en brazos y pasearlo por la ciudad a bocinazos. Tal vez hubieran ondeado la monoestrellada con un puño levantado, ¿irónico no? Pero el plan falló. Todos están asombrados, consternados, preguntándose qué pasó.

Pasó que la economía no avanza, que se siguen perdiendo empleos, que el gobierno no arranca y si se mueve lo hace en reversa. Pasa que el crimen no para, que los niños juegan con armas porque las tienen más accesibles que la misma comida. Pasa que seguimos como almas en pena.

La culpa no es de Cotto, es del Hollywood boricua que nos vendió taquillas para una película y muchos no entendieron que era mera ficción. La necesidad es tanta, que a falta de héroes los inventamos. Ya ha pasado antes y presiento que si no nos quitamos las gríngolas, estamos destinados a ver la misma escena una vez y otra vez y otra vez.

Publicada en El Nuevo Día el 18 de noviembre de 2009.

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