5 de octubre de 2008

El secreto de la felicidad

Con el ritmo tan acelerado que lleva mi vida (y con todos los compromisos que le añado porque me cuesta mucho decir que no), he tenido que reducir mi tiempo para la lectura. Algo paradójico, si considero que es uno de los placeres que más disfruto.

Por eso decidí que durante estos meses buscaría algunas novelas cortas, que pudiera leer relativamente rápido, para recuperar mi ritmo y deleite. Sí, soy consiente de que el número de páginas no es un criterio serio para escoger un libro, pero créanme, ha sido una decisión puramente práctica.

¡Lo mejor de todo es que funcionó! Ya terminé algunas, empiezo por ésta:

El viaje de Héctor, o el secreto de la felicidad, de François Lelord

El autor es un reconocido psiquiatra y psicoterapeuta francés. Presumo que no es por casualidad que el libro narra a su vez, la vida de un joven psicoterapeuta francés llamado Héctor, que tiene una práctica de mucho prestigio, con pacientes fieles y de un nivel socioeconómico alto.

Hay un problema: “Héctor no estaba contento consigo mismo. No estaba contento porque se daba perfecta cuenta de que no conseguía hacer felices a sus pacientes”. Sus tratamientos podían tener cierta efectividad, pero no conseguían que las personas, por más riquezas que tuvieran y placeres que disfrutaran, estuvieran satisfechas consigo mismas.

Su integridad profesional lo lleva a emprender un viaje para buscar el secreto de la felicidad. La meta era regresar con la respuesta. Después de muchas aventuras, encuentros sorprendentes, preguntas, apuntes y análisis de toda índole, Héctor resume sus hallazgos y descubre que sus 23 máximas están vinculadas al sentido común y a la sabia resignación.

Parece un libro simple, pero no lo es. Parece un libro de autoayuda y tal vez lo sea (por más que le huyo a esa categoría). Lo cierto es que nadie está exento de una reflexión como ésta en algún momento.

Algo que nunca dejará de sorprenderme, y este libro lo reafirma, es que el sentido común resulta ser el menos común de los sentidos. Tendré que afinarlo, claro, si pretendo ser FELIZ...

5 comentarios:

Alejandro Breck dijo...

Hola. Un saludo desde el sureste mexicano. Villagua, antes Villahermosa, Tabasco.

Hay una novelita deliciosa, tremenda, de un escritor mexicano llamado José Emilio Pacheco... se llama las batallas.. serán acaso sesenta paginas op un poco más. En elgún momento cuando vas llegando al final, pides que sean más hojas pues el ritmo de lectura es tan agil y disfrutable que se queda uno con esa sensación de querer seguir leyendo. Uno se identifica con el personaje protagonista, un adolescente de secundaria que se enamora de alguien unos añitos mayor... bastante buena, si alguna vez has escuchado esa canción de "oye carlos, porque tuviste, que salirte de la escuela esa mañanaaaa..." cuando leas esa novelita sabrás de donde viene la canción de "Café tacuba", por cierto también muy buena música.

Un saludo.

rebeca dijo...

hola isa
lei con entusiasmo tu comentario sobre el libro, aunque como tu no soy entusiasta de los libros de ayuda,si te puedo decir que lo mas dificil de conseguir es poder realizar una "sabia resignacion". He pasado por experiencias dolorosas donde la razon te dice que no hay otro camino que la resignacion,y sin embargo como me cuesta!!

Isa dijo...

Rebeca:
Sí, siempre es difícil, pero no hay mejor aliado que el tiempo. Aunque claro, cuesta muchísimo! La buena noticia es que la vida es una rueda, tenemos tiempo en bajas, pero luego llegan las altas y se empata el juego! Saludos

Alejandro:
Un gusto verte por acá de nuevo. Muy buenas las fotos de tu blog! Voy a buscar la novela que me recomiendas, conozco la canción de Café Tacuba, pero no la entendía mucho, ahora tengo la referencia.

El conocimiento es un amigo mortal dijo...

Ser uno mismo. No conozco otro secreto, Isa. Yo aspiro - como diría el gran poeta Salinas - a sacar de mí mi mejor yo, pero no quiisiera ser otra persona, ni parecerme a nadie, sino ser el máximo de lo que yo puedo dar de mí mismo.
¿ Por qué pienso así ? Por varias razones: la primera, por simple realismo, algunos lo llamarán sentido común o sabia resignación, como quieras. Porque, me guste o no, siempre seré el que soy, " a mi estilo ", dentro de mis costuras...
En segundo lugar, porque no sólo yo soy lo mejor que tengo, sino lo único que puedo tener y ser. Desde el principio de la Historia hasta el fin de los siglos no habrá ningún otro E.C.E.U.A.M. más que yo. Habrá infinito número de personas mejores que yo, pero a mí me hicieron único ( como a todos los demás hombres ) y no según un molde fabricado en serie.
En tercer lugar, porque la experiencia enseña que sólo cuando uno empieza a aceptarse y a amarse a sí mismo es capaz de aceptar y amar a los demás e, incluso, de aceptar y amar a Dios.
Por eso me desconciertan los padres que les dicen a sus hijos " Mira a éste o mira al otro. A ver si eres como ellos ". Ya tiene bastante cada niño con auparse sobre si mismo, con realizar su alma por entero.
Leo Buscaglia en un precioso libro " Vivir, amar y aprender " cuenta una fábula que me parece muy significativa:
Los animales del bosque se dieron cuenta un día de que ninguno de ellos era el animal perfecto: Los pájaros volaban muy bien, pero no nadaban ni escarbaban. La liebre era una estupenda corredora, pero no volaba ni sabía nadar. Y así todos los demás...
Convenzámonos: Uno debe acabar por tomar la propia vida en brazos y besarla.
Estoy totalmente de acuerdo con la idea de que en este siglo de locura falta tiempo para todo: Hay que cuidarse de la tentación de escalar un pico del que luego no se pueda descender, en esta época en que es preciso hablar y correr a un tiempo, en la que nada es prematuro, pero casi todo resulta al pronto viejo, uno debe saber ponerle precio a su tiempo y a sí mismo. Qué no se diga de nosotros que somos pobres porque hayamos puesto un alto precio a nuestro tiempo, renunciando a todo lo esencial, a ese secreto...

Un fuerte abrazo, Isa.

Isa dijo...

Quererse uno mismo, eso es lo máximo. Claro, a veces resulta complicado porque si alguien conoce todo sobre uno es uno mismo y ahí se incluyen las virtudes, los defectos, las ambiciones, las decepciones y todo lo demás. Pero… al final debe prevalecer la aceptación propia, el amor y el respeto hacia quienes somos. Hay otra máxima bíblica fundamental: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Entonces el ciclo debe ser: amarse uno mucho, mucho para poder amar también a los demás mucho, MUCHO. Si la humanidad pusiera esto en práctica viviríamos ya en el paraíso! Un abrazo, amigo.