30 de julio de 2008

Boxeo

Detesto el boxeo.

Considero que no debe llamársele deporte a un acto violento en el que el público delira al ver a dos personas agredirse en un ring.

Esos enfrentamientos me parecen una variante de las luchas de gladiadores que se celebraban en los circos romanos. Ambos combates precedidos por promoción desmedida, furor de los espectadores, expectativa ante el golpe, guerreros vitoreados desde el comienzo de la batalla y la sangre y el morbo persiguiendo su máxima expresión.

Me enfrenté sin remedio con el rostro herido de Miguel Cotto, pues aparecían en todos los titulares sus ojos hinchados y sus heridas sangrantes.

Evadí la mirada confusa del púgil y me enfoqué en el texto. Me detuve en un párrafo que contaba cómo, cerca del ring, los niños de Cotto lloraban en el pecho de su madre, quién tampoco pudo evitar el llanto.

Admito que quedé más desconcertada que el boxeador. ¿A quién se le ocurre llevar niños a la pelea? Peor aún, precisamente a los hijos del protagonista, que para colmo de males fueron testigos de la golpiza que recibió su padre. ¿Qué efecto puede eso tener en esas vidas inocentes a tan corta edad? ¿Cuál era el propósito original, ver cómo papá golpeaba al otro?

Regreso a las luchas de gladiadores y a los gritos de júbilo por el “entretenimiento” de los asistentes. Pienso entonces que el boxeo se salva porque, ah, afortunadamente no es fiesta, es deporte, alguien se reivindicará. Pero, de inmediato leo en otro párrafo de la reseña una cita del boricua exclamando que le ha dado “un buen espectáculo a la fanaticada”.

No hay dudas, fui yo quien recibió los golpes. Siento que me cuentan hasta 10 y sigo tirada en la lona. Le voy a pedir al árbitro que suene la campana, me ha vencido la ignorancia.

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