23 de junio de 2008

De como descubrí mi verdadera vocación

En un acto contrario a mi costumbre (por lo regular muy modesta) me he autoconcedido un premio: The Florence Nightingale Award.

No que soñara con parecerme a esta pionera de la enfermería, sino que las circunstancias llegan y los dones se multiplican.

Primero MAMI, que precisó varios estudios para decifrar sus dolencias. Luego PAPI, que sin previo aviso fue sentenciado a sueros y antibióticos por vena, que es la ruta más efectiva. Llegó "arrastrado", por no decir obligado, y pensó que se iba en tres horas que se le multiplicaron inmisericordemente. La falta de misericordia no consistió en que lo hospitalizaran y medicaran, sino en que celebró en camilla el Día de los padres... (Te quiero, viejo).

Y como las tragedias llegan en grupo, una compañera de trabajo nos asustó con un corazón al borde del colapso. No me costó nada acompañarla en el proceso, después de todo la estimo mucho y ya me había ganado algunas amistades en la sala de emergencias. Nótese que siempre es bueno llevarse bien con el guardia que regula la entrada y salida de los acompañantes de enfermos.

El cuento no se acaba, porque cuando pensaba que no me sorprenderían más sustos médicos, me llamaron del campamento del ISMAELILLO para decirme que lo pasara a buscar porque estaba muy enfermo. Mi carro llegó al hospital en automático. Luego de la evaluación lo enviaron a la casa a descansar.

La tarde conspiró con una tormenta cuasi huracanada que me hizo empaparme completa y me privó de energía eléctrica por cuatro horas. Ya todos descansan y se recuperan, pero me preocupan mucho los estornudos que me comenzaron cuando me senté a escribir esta nota. Además, mis ojos están llorosos, me duele todo el cuerpo y la congestión me invade repentinamente.

¿Puede alguien avisarle a Florence que su remplazo necesita a su vez otra sustituta?

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