3 de marzo de 2008

Sala de emergencias

Estoy considerando hacer un blog nuevo. Uno que se llame: Cómo conciliar el sueño y no morir en el intento. Tengo la fantasía de dormir 8 horas sin interrupciones, ¿será eso mucha ilusión?

Cielos, empiezo a preocuparme, mi gran fantasía se reduce al disfrute en solitario de un colchón mullido y de una almohada tibia que me cobije por un tiempo razonable. Qué mal me va.

Siempre aparece una razón mayor, más contundente, para privarme de sueño, pero la enfermedad, por mucho, es la causa más canalla. Sobre todo si el enfermo es mi hijo.

Las salas de emergencia son zonas fértiles para estudios antropológicos. Claro, también para bacterias; por eso las evado. Sin embargo, cuando el mal empeora suelen ser la opción más confiable. Por eso, después de 3 horas de debatirme entre ir o no ir, me decidí por lo primero. Desafortunadamente, las 3 horas de indecisión me hicieron salir de casa más tarde de lo deseado. Partimos a media noche hacia el hospital. La rutina médica es otro tema, pero el ansiado regreso a casa se dio en plena madrugada. A las 4 de la mañana mi cara era un poe
ma (con licencia poética incluida).

Ahora, de algo estoy segura, que si voy a desvelarme prefiero que sea por verle la sonrisa a mi hijo cuando por fin se le cura la tos.

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