21 de marzo de 2008

Bajo la lluvia

Anoche soñé contigo. Hace tiempo que no soñaba.

Habíamos ido a almorzar y te convencí de estacionar el auto lejos y caminar hasta nuestro destino. El trayecto era extenso, pero a lo largo de toda la ruta se veía el mar. Caminamos felices sin contar los minutos de un reloj soberbio que siempre nos traicionaba. Esa tarde no había prisa.

Inventamos un mundo nuevo en la sobremesa. Nos convencimos mutuamente de que todo sería mejor. Nos endulzamos con palabras y promesas. El postre nunca supo mejor.

Nos esperaba la ruta a la inversa; algunas millas de distancia hasta el auto, y muchos días en espera de hacer buena la promesa de felicidad.

Nos detuvimos a ver el oleaje que ya comenzaba a embravecerse como presagio del diluvio que se acercaba. Nos detuvimos uno, cinco, mil minutos. Me besaste frente al mar y te miré como quien mira con ilus
ión una estrella fugaz y le pide un deseo.

De repente llegó la lluvia. Comenzó sutil, discreta, con briznas casi imperceptibles. Luego siguieron las gotas suaves y juguetonas. Parecían inofensivas, así que nos aventuramos a continuar la marcha. Entonces, un estruendo en las alturas anunció el golpe de agua fenomenal que nos atrapó de súbito.


El cielo parecía una represa abierta. El agua nos arropó con la vehemencia del que abraza antes de partir a la guerra. La tarde palideció y se creció la corriente impetuosa que se deslizaba por las cunetas. Nos cobijamos bajo un alero que en segundos dejó de ser suficiente. Nos movimos bajo una cortina de lona que tampoco fue útil. La confusión no daba más opciones. Parecíamos estatuas paralizadas viendo llover sin saber dónde más refugiarnos.

Lo que sucedió después no sé si catalogarlo como iluminación divina o como el impulso de liberación de un deseo reprimido, pero fue un acto maravilloso que convirtió un sueño ordinario en uno espectacular. Nos sujetamos las manos con la misma complicidad con la que minutos antes nos habíamos besado, como si selláramos un pacto vital, y nos arrojamos sin condiciones al aguacero implacable que nos acogió travieso y divertido. Salté fascinada sobre los charcos que anteriormente evadía.

Hundí mis zapatos de tacón en las cunetas sucias y alborotadas.
Dejé caer el agua sobre mi cabeza hasta sentir mi pelo goteándome en la frente y los hombros. Abracé tu camisa empapada y te alenté a correr con desenfreno mientras yo no paraba de reírme como nunca antes me había reído.

Hace tiempo que no soñaba. ¡Hubiera dado tanto por no despertar!

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