29 de junio de 2007

ME ELEVO

De repente me salen alas,
mi torso y mis piernas se reducen,
mis manos se aplanan y se extienden…
Me elevo.
Le pido permiso a las nubes para tocarlas.
Frágiles nubes
que ven asombradas
cómo mi boca se vuelve puntiaguda,
cómo se alarga,
cómo me nacen plumas
y me equilibro en el aire.
Entonces sonrío
y vuelo.

Foto por Félix Cordero QPDE

Desvelo

Un día cualquiera despierto sobresaltada, abro lo ojos y descubro que el espacio a mi alrededor se ha transformado.

Me incorporo, hago un inventario veloz de las pérdidas, las anoto en mi bitácora y transito, con el desvelo a cuestas, un camino largo y doloroso.

Un día cualquiera
decido combatir el deterioro
y regreso al sueño
para reivindicarme.

24 de junio de 2007

ESPACIO DISPONIBLE

Detesto que me persigan en un estacionamiento. Ese es el precio que pago cuando se me ocurre meterme en un centro comercial durante un fin de semana, o día festivo, da igual. El asunto es que, invariablemente, cuatro o cinco conductores me detectan (a la misma vez), cuando salgo del centro y cruzo hacia la masa uniforme de autos estacionados en fila. Es entonces cuando comienza la aventura.

Una especie de letrero brillante parece posarse sobre mi cabeza con un mensaje esperanzador: ESPACIO DISPONIBLE.

A los carros anteriores se les siguen uniendo otros en el camino y de pronto veo toda una caravana que me sigue rítmicamente, cada uno apostando a su propia habilidad. Algunos, con la súplica en los labios. Me preguntan que si estoy lejos, que si falta mucho, que cuál es mi carro.


Con pocas ganas comparto señas y acelero el paso. Comienzo a sentir de repente una prisa inusual, una culpa por ocupar un espacio codiciado y ante la desesperación, me desubico… Se me olvida qué auto conduzco, cómo me llamo, si el 43 va antes o después del 44 y así me paralizo en medio de la vía.

El desfile se ha detenido por mi culpa. No me atrevo a moverme, ni siquiera me atrevo a mirar. Sería muy vergonzoso admitir mi falta. En un momento como ese sólo el celular puede salvarme. Me aventuro, lo busco ávidamente en mi enorme cartera. Las cabezas de todos los autos voltean hacia mi cuerpo detenido. Me tienen paciencia porque piensan que trato de localizar las llaves y que mi vehículo es el Volvo negro que está justo a mi lado.

Al fin, el celular aparece y finjo, en el tono de voz más alto en el que soy capaz de hablar, que contesto una llamada. –SI, CLARO, TODAVÍA ESTOY EN EL MALL. ¿QUÉ NECESITAS? ¿EN SEARS? AY, SI, CLARO, COMO NO… PUEDO REGRESAR A LA TIENDA A BUSCAR EL PAQUETE QUE SE QUEDÓ EN LA CAJA.

Como quien no quiere la cosa, doy media vuelta y le digo al conductor del carro más próximo a mí (el que hubiera obtenido el trofeo del espacio vacío) que lo lamento, pero que mi hermana olvidó un paquete en la tienda y tengo que ir a buscarlo.

El hombre mi mira con ganas de golpearme. Si no lo hace es porque me escapo corriendo en dirección contraria. Todos se extrañan, no comprenden porqué no entré al Volvo y me marché. Me tropiezo con una señora que conduce una guagua, me pregunta que dónde está mi carro. – ¡No tengo auto!, le contesté sin detenerme. Eso sí, la escuché cuando le hizo señas a otro conductor que venía detrás y le gritó (refiriéndose a mi): “¡NO LA DETENGA, ESTÁ DE CARRERITAS, ADEMÁS, NO TIENE CARRO…!”.

22 de junio de 2007

En una calle de Santurce

Pasaba por la avenida Ponce de León y me detuvo el tapón, siempre hay tapón en algún tramo de esa vía. De pronto, me percaté de que varias personas que caminaban por la acera izquierda se movilizaron para auxiliar a una señora que se había caído.

La mujer del suelo se quejaba con la voz y con el rostro. Pedía ayuda para levantarse. Las tres socorristas lo intentaron, pero no pudieron. Miraban alrededor, pero los ocupantes de los carros detenidos, al igual que yo, sólo curioseaban. A ninguno se nos ocurrió bajarnos un instante, después de todo, ya estábamos atrapados en la furia vehicular urbana…

De pronto, un auto bastante deteriorado con cuatro hombres adentro, se acercó por el carril exclusivo de la AMA. El carro se detuvo de golpe frente a las damas. El conductor asomó su cabeza por el cristal, dijo algo breve y enseguida les hizo un gesto a sus acompañantes.

“Un asalto”, pensé. -Esa pobre mujer se acaba de caer y ahora la van a asaltar, que fuerte. Me puse tan nerviosa que no podía ni siguiera conseguir el celular en la profundidad de mi cartera.

Ya había empezado a marcar el 9-1-1 cuando vi a los cuatro hombres corpulentos bajarse simultáneamente del vehículo. Se me escapó un grito que bramó al unísono con mi bocina. Algo tenía que hacer para impedir el abuso…

Aquellos hombres recios ni siquiera se inmutaron con mi estrategia. Con una gracia ajena a su físico, levantaron del piso a la accidentada y ofrecieron su vehículo por si la herida ameritaba socorro médico.

Yo, en cambio, recibí miradas de desprecio por tocar bocina. Todos pensaron que me quejaba por el tapón mientras una señora yacía en el piso adolorida. Ante la imposibilidad de justificarme, desvié la vista y me mordí la lengua. Los siguientes segundos, lo juro, se me hicieron eternos.

17 de junio de 2007

Imaginación

Cada noche, al acostar a mi hijo, le ofrezco leerle un cuento. Por lo regular, ya llevo el libro en la mano y comienzo mi lectura. En días recientes él me ha desafiado a cambiar la técnica: en lugar de leer debo inventar. Difícil ¿no? En tiempos en que ya todo está dicho, escrito y publicado, no es fácil tener ideas nuevas, pero él las tiene y (tan generoso) me las regala. Me pide cuentos específicos: el de la escalera de cristal que la bruja convirtió en autobús; el de la lámpara violeta que alumbraba el bosque; el de la vaca diminuta que entró a la casa del gigante por la cerradura de la puerta…

Ya me he acostumbrado. Ahora, sin mucho esfuerzo, imagino sombreros de hojas y uvas, libros de chocolate que al final se comen y submarinos en los que Peter Pan persigue al Capitán Garfio.

Cuando mi hijo se duerme, yo también cierro los ojos y sigo creando, esta vez, hadas y duendes de carne y hueso. Invento casas sin rejas y calles seguras: sin hoyos y sin delincuentes al volante. Se me ocurre que la contaminación es sólo un juego de mesa que se acaba cuando guardo el tablero. Finjo que no hay edificios invadiendo la arena pública. Fantaseo con la idea de que la guerra es mentira y que nuestros soldados nunca se fueron. Sueño que borro palabras, que la violencia es una dolencia en extinción… ¡Imagino tanto! Y duermo feliz.

Publicado el 9/junio/07, en El Nuevo Día

Esperanza

Ya no veo el noticiero nocturno. Descubrí que era el causante de mis agotadoras noches de insomnio y lo descarté de las opciones televisivas que preceden mis encuentros con Morfeo. Cada día es peor. La noticia es cada vez más fresca. Tengo miedo de un día prender el televisor y ver mi propia muerte en directo y a todo color.

En la fila del banco escucho a dos señoras compadecerse de “este mundo enfermo”, en el supermercado descubro que “estamos mal”; que el desánimo es colectivo, camino más adelante y me convencen de que hemos perdido la esperanza.

La creatividad delictiva no tiene precedentes. No sólo se reportan cifras mayores, sino que los criminales y los transgresores (cada cuál en su categoría), tienen mejores artificios, han depurado las técnicas para delinquir. Prefiero la fantasía.

Dice un estudio que somos el pueblo más feliz y no comprendo cómo. Colectivamente, encabezamos listas de enfermedades y de crímenes, aceptamos que nos impongan tributos superiores a las cantidades que mensualmente destinamos a las casi extintas cuentas de ahorros familiares, mostramos síntomas de salud mental deteriorada y nos sabemos cada día más enajenados.

Una tarde, así desalentada, fui con mi familia a comer a un restaurante en Santurce. Nada como una comida criolla para animar el alma. Parece que muchos pensamos lo mismo, de hecho, una de las listas en la que ostentamos cierto protagonismo es la de obesidad…

Estábamos apretujados. La proximidad de las mesas me hizo recordar que “los demás” están más cercanos de lo que la sociedad moderna, en su culto al individualismo, quisiera.
Entonces sucedió. El vecino de la mesa contigua se volteó hacia la nuestra y, como quien trafica un arma clandestina, nos ofreció medio aguacate maduro. Fue un acto de desprendimiento difícil de imitar. Nos presentamos, comimos, bromeamos… y, al menos por esa noche, imaginé que era posible recuperar la esperanza.

Publicado el 4/mayo/07, en El Nuevo Día