21 de octubre de 2007

Marejada feliz

Por casualidad, por pura casualidad, bailé con Roberto Rohena.

En honor a la verdad no bailé, ni sola ni con Rohena, la historia real es la siguiente: Caminaba por el Viejo San Juan con algunos amigos, en un ejercicio que hace muchos años no hacía, cuando de repente un ritmo lejano de salsa comenzó a colarse por entre los adoquines (¿acaso sería brea?).

-Ya no tocan en la Plaza San José, ahora están en Ballajá.
-Pues vamos a ver quién toca… Ah, es Rohena

No había ninguna multitud, como hubiese pensado, pero la gente se seguía acercando. La salsa toca la sangre. La salsa llama.

Ya no son los 70’s, pero el tipo está pasao’ comoquiera…

-La gente está tímida, no baila
-¿Cómo? No se oye.
-Nada, te digo después

Se lanza la primera. Ella baila sola y feliz, tan feliz que no le importa nada.
-Está encantada de haberse conocido
-Pues muy bien, la envidio

Luego, poquito a poco, todos sueltan las velas… a bailar se ha dicho. La salsa se apodera de las inhibiciones, qué buen despojo…

Todavía los envidio, no estoy en la sala de mi casa, así que no me lanzo. Además, tengo dos pies izquierdos, eso no ayuda.
-¿No bailas?
-No –me excuso – quería oír jazz…
De repente Rohena anuncia al maestro: “el master de la trompeta”.
Y el maestro me hace la noche y me tumba la excusa.

La noche se pone alegre y llega, como mandada a pedir, La marejada.

-Canten todos conmigo –ordenó el cantante.

Recordé entonces que el truco era cerrar los ojos, que bueno que soy maga, por eso fue que lo recordé. Como por arte de magia olvidé que la plaza ya se había llenado de gente, yo tenía los párpados apretados y sólo escuchaba al cantante. Decidí obedecer su mandato:
-"Marejada feliz,
vuelve y pasa por mí

aún yo digo que sí,
que todavía pienso en ti"


La marejada se repitió una, dos, mil veces… que rico.
Luego me despertaron y abrí los ojos.
-Hace calor, vamos a otra parte a tomarnos algo
-¿Nos vamos? Ok.

“Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta”

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