23 de octubre de 2007

Luis Rafael para el Cervantes o crónica de un llanto mañanero

Han nominado a Luis Rafael Sánchez para el Premio Miguel de Cervantes. Él se enteró por una llamada del periodista Mario Alegre, del periódico El Nuevo Día.

La reacción:
“Me dejas perplejo y también conmovido... no sabía nada, me estoy enterando por ti”, fueron las primeras palabras que el escritor pronuncio a través del teléfono a El Nuevo Día, luego de un silencio que pareció eterno, mientras digería la buena nueva. “Los honores, como los amores, llegan, no se buscan y esto ya te lo había comentado hace muchos años en una entrevista”.

La noticia completa se puede acceder en el siguiente enlace: http://www.elnuevodia.com/diario/noticia/cultura/noticias/luis_rafael_para_el_cervantes/301725

El periodista abunda sobre el premio, la obra de Luis Rafael, el jurado… en fin, los datos que sustentan la importancia de esa distinción. Pero yo me detengo en la frase primera, que como bien recuerda el autor y también sus amigos, ya la había dicho antes: “los honores, como los amores, llegan, no se buscan”.

Esas fotos que acompañan la edición impresa, que aunque son de archivo,
son compatibles con la reacción arriba descrita, me maravillaron. Esa alegría, ese brillo, esa sonrisa que se atreve a la emoción, esa seducción de la palabra subida al rostro, ese Luis Rafael retomado, relajado, con la capacidad de que la sorpresa lo abrace, lo libere, lo consienta, con su pose coqueta, con su manos fértiles juntas, cóncavas, protegiéndole el suspiro o tal vez la risa nerviosa, guapo, galán, impecable como Mandrake el Mago; irremediablemente bello.

Su emoción saltó de la página. Y yo, que no estaba en la foto, que no tenía que guardar compostura, ni mesura, ni recato, ni nada que me limitara el llanto, pues a todo pulmón me eché a llorar. Y es que a Luis Rafael lo quiero mucho. A veces digo que no lo quiero, pero es mentira, lo quiero mucho. Y me he alegrado lo más que se puede uno alegrar con una noticia así.

Lo conocí en el 1988 y fui su alumna en el 1989, durante su último año como profesor en la UPR Río Piedras porque luego se fue a New York. Guardo experiencias extraordinarias (que todavía me hacen reír o llorar) y consejos fundamentales que tuvo la gentileza de compartir con una alumna confundida con la academia y con la vida.


Como la vida conspira siempre a favor del encuentro, de vez en cuando aparece o aparezco en una mesa cercana desde la que se saborea una delicia criolla. Y me hace el honor del abrazo y del buen provecho. Ya él lo dijo y yo redundo: “los honores, como los amores, llegan, no se buscan”.


Felicidades, Wico. Gracias... por todo.

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