22 de octubre de 2007

¿DE QUÉ SE REÍAN?

Alba Nydia Díaz protagoniza la obra
Frida… ¡Viva la vida!
(Foto / Archivo- El Nuevo Día / J. Ismael Fernández Reyes)
Por Isamari Castrodad / Especial El Nuevo Día
22 de Octubre de 2007

El municipio de Caguas patrocinó la reciente puesta en escena de la obra Frida… ¡Viva la vida!, en el Centro de Bellas Artes de la ciudad. Entré al teatro entusiasmada, no sólo con la idea de disfrutar la representación, sino también por la impresión favorable de ver una sala llena. Lo que viví después fue una experiencia surrealista.

Presencié dos tragedias: la primera, la vida de Frida, magistralmente interpretada por la actriz Alba Nydia Díaz; la segunda, la actitud de un público que, para mi sorpresa, demostró poseer muy escasas destrezas de apreciación.

Primero el gusto: la protagonista se apropió del cuerpo y de la vida de Frida Kahlo con la fuerza y la agonía necesarias para que la experiencia fuera sublime. Su columna vertebral profundamente lacerada y su corazón, igual de lastimado, fueron ofrecidos a la audiencia con total entrega.

Las intervenciones musicales, hilvanadas con precisión, resultaron un deleite, así como las coreografías a las que se unía una Frida utópica, renovada. La voz y proyección de la cantante, que lamentablemente no fue identificada, (de hecho, nunca nos enteramos de los créditos de quiénes intervinieron en escena o tras bastidores) merecen un reconocimiento particular. En fin, fue una producción de altura.

Ahora el disgusto: la representación escénica fue víctima de una audiencia que no pareció entender lo que estaba sucediendo en escena. No había que conocer la vida de Frida Kahlo ni el icono que ésta supone, sólo bastaba una pequeña dosis de sentido común para interpretar que su reclamo era trágico, que movía al dolor y no a la risa. Entonces, ¿de qué se reían? ¡Porque la audiencia se rió durante toda la obra! Las carcajadas salían con facilidad; si una palabra resultaba altisonante, si el personaje bailaba, si Frida evocaba a Diego, si se refugiaba desdichada en el tequila, si reclamaba, si gemía… La risa se convirtió en un coro disonante que milagrosamente no logró menguar la concentración de la actriz.

Sospecho que muchos de los presentes salieron de la sala convencidos de que habían presenciado una parodia. Tal vez fue el acento, que -aunque resultaba convincente- les hizo presumir que era una comedia. ¿Será que por reírse de la desventura es que ha sobrevivido este pueblo?
Resulta vergonzoso denunciar otros penosos exabruptos, pero hubo faltas de educación que rozaron el límite. La obra comenzó puntual y justo al principio también comenzaron a sonar los teléfonos celulares.

Si bien es cierto que no hubo un anuncio pertinente que recordara apagarlos, me parece que a estas alturas, ante una audiencia adulta, debe resultar obvio que en un espacio de esa índole no debe sonar nada que no esté relacionado con la función. De todos modos, si el teléfono de otro suena, se debe cotejar el propio para enmendar cualquier olvido. Nada justifica el festín de timbres, durante hora y media, a través de toda la sala, y mucho menos que los contestaran como si estuvieran sentados en el balcón de su casa. La administración del centro debe ser más rigurosa con este asunto. El arte, además de admiración, merece respeto.

El trabajo de infraestructura que ha realizado en Caguas el alcalde William Miranda Marín es sobresaliente, pero el espacio físico no basta. Esa noche se evidenció que hay un público ávido por insertarse en la nueva corriente cultural que propician esas iniciativas artísticas, sin embargo, hay que afinar los procesos de apreciación, para que el arte se reconozca en su manifestación correcta.

Creo que resulta evidente el próximo paso.


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