6 de septiembre de 2007

ME ACHOQUÉ...

Estoy decidida: mañana iré al tribunal a pedir una orden de protección… contra mi misma. Si narrara mis desventuras con las agresiones que he sido capaz de infligirme involuntariamente, con toda probabilidad estaría en el Guinness…

La última será memorable; mi espalda la recordará por mucho tiempo.

Mi hijo tiene una silla con ruedas en su escritorio. Le he dicho de mil maneras distintas que esa silla no es un juguete y que no puede andar desplazándose con ella por toda la casa. Muy bien, ayer entré a su cuarto y, efectivamente, había ignorado mis instrucciones por vez número mil uno…

Pensé que la solución era cambiar de estrategia, así que decidí ilustrarle lo que pretendía con mi reclamo:
- Mira, la silla no se empuja a la ligera hacia atrás, sino que se mira primero si no hay objetos con lo que se pueda chocar y luego, en vez de impulsarte, te empujas sólo un poco hacia atrás. Así no te haces daño…

Acto seguido, me senté en la silla para que él pudiera apreciar la manera correcta de hacerlo. Él, muy listo, se me sentó en la falda “para ver de cerca la demostración”. Estábamos mirando lo monos que nos veíamos reflejados en las puertas de espejo de su clóset, cuando, por un impulso incontrolable, se me ocurrió impulsarme para que la silla nos deslizara graciosamente.

Sí, muy graciosa que resultó la escena: a la silla se le partió una pata con todo y rueda y yo me fui de espaldas (¡prángana!) contra el suelo. Ah! Y con las 50 libras que pesa mi hijo encima, acentuando el rotundo golpe.

Claro, a él afortunadamente le amortigüé la caída, pero yo, con toda honestidad, pensé que me había partido la columna a lo Frida Kahlo.

Me emociona mucho confesar que ¡soy de goma! Mi elástico cuerpo, tan acostumbrado el pobre a los sufrimientos, ya tiene sus propios mecanismos de defensa y no se amilana tan fácil.

El asunto me costó un dolor de espaldas fenomenal, del que todavía convalezco; una inflamación del hombro; cinco horas en la sala de emergencias; una advertencia de no guiar por varios días; la ingesta de medicamentos; una silla nueva para el escritorio, y lo peor, escuchar de la boca del Ismaelillo lo siguiente:
-Mami, eso te pasó por jugar con la silla… ¿No te acuerdas que tú misma me explicaste que eso no era un juguete?????

Esto, amigos, es una historia DE MADRE!!

No hay comentarios.: