17 de junio de 2007

Imaginación

Cada noche, al acostar a mi hijo, le ofrezco leerle un cuento. Por lo regular, ya llevo el libro en la mano y comienzo mi lectura. En días recientes él me ha desafiado a cambiar la técnica: en lugar de leer debo inventar. Difícil ¿no? En tiempos en que ya todo está dicho, escrito y publicado, no es fácil tener ideas nuevas, pero él las tiene y (tan generoso) me las regala. Me pide cuentos específicos: el de la escalera de cristal que la bruja convirtió en autobús; el de la lámpara violeta que alumbraba el bosque; el de la vaca diminuta que entró a la casa del gigante por la cerradura de la puerta…

Ya me he acostumbrado. Ahora, sin mucho esfuerzo, imagino sombreros de hojas y uvas, libros de chocolate que al final se comen y submarinos en los que Peter Pan persigue al Capitán Garfio.

Cuando mi hijo se duerme, yo también cierro los ojos y sigo creando, esta vez, hadas y duendes de carne y hueso. Invento casas sin rejas y calles seguras: sin hoyos y sin delincuentes al volante. Se me ocurre que la contaminación es sólo un juego de mesa que se acaba cuando guardo el tablero. Finjo que no hay edificios invadiendo la arena pública. Fantaseo con la idea de que la guerra es mentira y que nuestros soldados nunca se fueron. Sueño que borro palabras, que la violencia es una dolencia en extinción… ¡Imagino tanto! Y duermo feliz.

Publicado el 9/junio/07, en El Nuevo Día

1 comentario:

John A. Vargas Santiago dijo...

Gracias por recordarnos que soñar no cuesta nada y a la vez nos transporta donde ya nadie nos puede llevar...