17 de junio de 2007

Esperanza

Ya no veo el noticiero nocturno. Descubrí que era el causante de mis agotadoras noches de insomnio y lo descarté de las opciones televisivas que preceden mis encuentros con Morfeo. Cada día es peor. La noticia es cada vez más fresca. Tengo miedo de un día prender el televisor y ver mi propia muerte en directo y a todo color.

En la fila del banco escucho a dos señoras compadecerse de “este mundo enfermo”, en el supermercado descubro que “estamos mal”; que el desánimo es colectivo, camino más adelante y me convencen de que hemos perdido la esperanza.

La creatividad delictiva no tiene precedentes. No sólo se reportan cifras mayores, sino que los criminales y los transgresores (cada cuál en su categoría), tienen mejores artificios, han depurado las técnicas para delinquir. Prefiero la fantasía.

Dice un estudio que somos el pueblo más feliz y no comprendo cómo. Colectivamente, encabezamos listas de enfermedades y de crímenes, aceptamos que nos impongan tributos superiores a las cantidades que mensualmente destinamos a las casi extintas cuentas de ahorros familiares, mostramos síntomas de salud mental deteriorada y nos sabemos cada día más enajenados.

Una tarde, así desalentada, fui con mi familia a comer a un restaurante en Santurce. Nada como una comida criolla para animar el alma. Parece que muchos pensamos lo mismo, de hecho, una de las listas en la que ostentamos cierto protagonismo es la de obesidad…

Estábamos apretujados. La proximidad de las mesas me hizo recordar que “los demás” están más cercanos de lo que la sociedad moderna, en su culto al individualismo, quisiera.
Entonces sucedió. El vecino de la mesa contigua se volteó hacia la nuestra y, como quien trafica un arma clandestina, nos ofreció medio aguacate maduro. Fue un acto de desprendimiento difícil de imitar. Nos presentamos, comimos, bromeamos… y, al menos por esa noche, imaginé que era posible recuperar la esperanza.

Publicado el 4/mayo/07, en El Nuevo Día

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