24 de junio de 2007

ESPACIO DISPONIBLE

Detesto que me persigan en un estacionamiento. Ese es el precio que pago cuando se me ocurre meterme en un centro comercial durante un fin de semana, o día festivo, da igual. El asunto es que, invariablemente, cuatro o cinco conductores me detectan (a la misma vez), cuando salgo del centro y cruzo hacia la masa uniforme de autos estacionados en fila. Es entonces cuando comienza la aventura.

Una especie de letrero brillante parece posarse sobre mi cabeza con un mensaje esperanzador: ESPACIO DISPONIBLE.

A los carros anteriores se les siguen uniendo otros en el camino y de pronto veo toda una caravana que me sigue rítmicamente, cada uno apostando a su propia habilidad. Algunos, con la súplica en los labios. Me preguntan que si estoy lejos, que si falta mucho, que cuál es mi carro.


Con pocas ganas comparto señas y acelero el paso. Comienzo a sentir de repente una prisa inusual, una culpa por ocupar un espacio codiciado y ante la desesperación, me desubico… Se me olvida qué auto conduzco, cómo me llamo, si el 43 va antes o después del 44 y así me paralizo en medio de la vía.

El desfile se ha detenido por mi culpa. No me atrevo a moverme, ni siquiera me atrevo a mirar. Sería muy vergonzoso admitir mi falta. En un momento como ese sólo el celular puede salvarme. Me aventuro, lo busco ávidamente en mi enorme cartera. Las cabezas de todos los autos voltean hacia mi cuerpo detenido. Me tienen paciencia porque piensan que trato de localizar las llaves y que mi vehículo es el Volvo negro que está justo a mi lado.

Al fin, el celular aparece y finjo, en el tono de voz más alto en el que soy capaz de hablar, que contesto una llamada. –SI, CLARO, TODAVÍA ESTOY EN EL MALL. ¿QUÉ NECESITAS? ¿EN SEARS? AY, SI, CLARO, COMO NO… PUEDO REGRESAR A LA TIENDA A BUSCAR EL PAQUETE QUE SE QUEDÓ EN LA CAJA.

Como quien no quiere la cosa, doy media vuelta y le digo al conductor del carro más próximo a mí (el que hubiera obtenido el trofeo del espacio vacío) que lo lamento, pero que mi hermana olvidó un paquete en la tienda y tengo que ir a buscarlo.

El hombre mi mira con ganas de golpearme. Si no lo hace es porque me escapo corriendo en dirección contraria. Todos se extrañan, no comprenden porqué no entré al Volvo y me marché. Me tropiezo con una señora que conduce una guagua, me pregunta que dónde está mi carro. – ¡No tengo auto!, le contesté sin detenerme. Eso sí, la escuché cuando le hizo señas a otro conductor que venía detrás y le gritó (refiriéndose a mi): “¡NO LA DETENGA, ESTÁ DE CARRERITAS, ADEMÁS, NO TIENE CARRO…!”.

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